martes, 4 de marzo de 2008

Maratón de Barcelona (II)

No me siento ningún loco, ni ningún héroe, aunque muchos valoran la maratón como una locura o, lo mismo es, una heroicidad sin sentido. Lo de Filípides fue otra cosa. Es lo que pasa con los hechos atípicos. Seguir una línea azul hasta reventar o llegar desmadejado. Una aglomeración impresionante donde reina un exquisito compañerismo e ilusión. ¡Que extrañeza! Cierto, quizá estemos tarados.
Algunos con retos casi penitenciales, otros, a correr por correr. Unos pocos, muy pocos, poquísimos, quieren ganar. Correr, andar, muy natural y ¿normal?. Pero enmedio de una ciudad, todo parado, para qué. En una ciudad como un perro en el campo, con lo bien que estaría en su caseta a la sombra. Aquí no hay mando a distancia que acerque la meta.
Si hubiera alcohol de avituallamiento, o estridencias musicales, o alguna pelea, o se hiciera de madrugada con toros y cabestros, o con drogas no catalogadas como doping, o todo esto junto, quizá se convirtiera en deporte nacional. Viva la fiesta. Quizá debiera pensar en ir a la luna.
Tan raro o tan loco como en cualquier otro lugar, o menos.
Simplemente cuestión de gustos. Todo es muy simple en ruta: los kilómetros llegan y se van. Afortunadamente bajo las previsiones. 10 kilómetros: 46 minutos. Media maratón: 1 hora 37 minutos. Sin querer ser mejor o peor que los que no corren, ni siquiera mejor o peor que otros dorsales. Globos de referencia por balones, por goles, pero parece que nadie celebra nada.
Me pican las piernas pero no llega el muro. Kilómetro 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31. Llega el 32 y se aleja lentamente el grupo que va a por las 3 horas y 15 minutos. Se aleja muy despacio, pero implacable.
Aquí no se pueden medir las mentiras, y un metro puede ser una verdad como un templo. Ánimo, conseguir vuestro objetivo, yo me quedo un poco, poco a poco, yo sigo al lado del mar, algo más lento, sintiéndolo todo. Todo. Levanto la cabeza y me parece que Montjuic está tan lejos como la luna. O más. Además no iremos rectos. ¿Será verdad que estamos locos?

En el 33 me espera Tomás y Ana, eso sí que es bueno, mucho más que un avituallamiento. Sin saberlo, ni yo ni ellos, gracias a su fugaz presencia me mantengo intacto dos kilómetros más. Pero el 35 no me perdona, no sé por qué, que habré hecho yo. Una sobrecarga me grita que no fuerce si quiero llegar. Le hago caso. Veo ejemplos de imprudencia en las cunetas. Le hago mucho, mucho caso. Pero pierdo la prudencia en el 40, tengo fuerzas, me da igual que unos cuántos músculos agonicen, tengo más. Ya llego aunque sea a gatas. Y que raro, consigo en los dos últimos kilómetros y doscientos metros un tiempo inferior a la media por kilómetro en carrera. Pero vamos a ver, si no podía más. Estoy loco.
Un giro a la derecha y, de golpe, antes escondidas por los edificios, aparecen las Torres Venecianas glorificando el alivio. Una marabunta de ánimos en la que distingo perfectamente dos voces. Nítidas, perfectas. Entre cientos y cientos. Sin verlas... pero si no veo más allá de cinco metros al frente y solo voy pendiente de respirar y levantar las rodillas o lo que queda de ellas. Que raro.
Kilómetro 42 y 195 metros, habrá que pararse, de momento.

2 comentarios:

Néstor Aparicio dijo...

Joeeerrrr. Estoy agotado, después de esos 42,195...
Ya hablaremos (¿o no tienes fuerzas para tomarte un café con nosotros?).

R. Gª. ALDARIA dijo...

Claro que me quedan fuerzas, es más, ya puedo bajar escaleras casi sin dolor. Si la guardia me lo permite mañana os llamo (inluyo a Oscar "El Humanista")